Nadar y bailar, una cuestión rítmica.

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nadar como bailar

El sentido del ritmo es un don divino, se nos otorga al nacer de forma arbitraria y sin relación con el resto de condiciones físicas. Se puede ser rematadamente feo, calvo y bajito y bailar como los ángeles y también es posible ser guapo, alto y ojos azules y no conseguir encadenar dos pasos con la gracia suficiente para evitar que quieran pegarnos un tiro en cada pierna. Es verdad que el  “formato Iceta” puede ser más idóneo para el baile que cuerpos altos y desgarbados, probablemente por tener un gran centro de gravedad a más baja altura, pero quién sabe, lo único demostrado empíricamente es que hay gente que fue agraciada al nacer y otros cargamos con una arritmia permanente e irremediable a cada paso que damos.

La vida de un arrítmico no es nada fácil aunque en los primeros años de existencia conseguimos pasar bastante desapercibidos. Quizás no seamos el mejor en gimnasia o jamás pasemos de la flauta dulce a instrumentos como el piano o el violín, pero entre trompicones y tropiezos con nosotros mismos, los años va sucediéndose sin pena y, sobretodo, sin gloria, al menos en lo relativo a las artes escénicas.

El problema “gordo”, insalvable dirían muchos, llega en la adolescencia con sus inevitables cortejos y danzas tribales. En esas situaciones sólo nos queda utilizar alcohol como llave maestra. No arregla la falta de ritmo de cara a los demás, pero al menos sí en nuestra imaginación. Pensar que se es un “Travolta” es sólo una cuestión etílica. Otra opción muy socorrida a esas edades es hacerse Heavy. Si eres amigo del metal el baile no es una opción, al menos no más allá del movimiento repetitivo de la melena hacia delante y hacia detrás o de una recreación virtual del punteo de una guitarra.

Pasada la adolescencia, el baile sigue sus cauces alcohólicos sin mayores sobresaltos que algún pequeño trauma como el baile nupcial o la canción del verano con baile asociado. Pero de repente, cuando creías que el baile se había acabado y que ser arrítmico ya no tenía consecuencias a partir de cierta edad, todo cambia al sumergirte en el mundo de la natación para adultos, ya sea porque tu espalda no soporta más la vida de oficinista o por seguir añadiendo retos deportivos a  la crisis de los cuarenta.  ¡Ay, amigo arrítmico! En una piscina a la que no vas en bañador a ligar, sino en lycra ajustada a hacer metros y metros, ya no te va ayudar nuestro antiguo amigo el alcohol. Y sin alcohol, la falta de coordinación se vuelve aún más evidente. En primer lugar te preguntas si tu parte izquierda (si eres diestro) ha sufrido los efectos de una embolia o siempre ha querido ir por libre. Me río yo del desafío independentista. Intenta negociar con mi brazo izquierdo para que haga lo mismo que el derecho y sabrás que es tener un bloqueo institucional y una rama separatista.

En ese tipo de negociación estaba yo esta mañana, viendo como mis avances nadópatas son más que escasos, cuando por fin he encontrado el problema subyacente: si nunca he sabido llevar el ritmo de una canción, si jamás he podido seguir los pasos de un simple “cha-cha-cha”, cómo coño voy a poder coordinar el millón de puntillosas cuestiones necesarias para saber nadar. La mano al entrar, el codo, un ojo hundido al respirar, el arrastre, la cabeza en 45º, la patada, respirar, soltar el aire debajo del agua, cogerlo fuera y no al revés, … y todo ello sin ahogarte. Imposible. No te engañes, si lo tuyo no ha sido nunca el baile, la natación es hay que verla como una coreografía de Fred Astaire. El nadar que no cuesta, que fluye, eso que ves en el que te adelanta largo tras largo, es para nosotros traer a la memoria el baile que se interponía entre un amor veraniego y nuestros pies de pato.

Por suerte, y al igual que con el baile, sólo nos queda practicar, practicar y practicar, que no simplemente nadar. Y después de mucho practicar, intentar sentir como fluye el ritmo, aunque sea en un único largo, para sentir lo mismo que los desgraciados que han sido agraciados con el divino don del ritmo, bailando o nadando.

Se despide un arrítmico nadador.

3 Comentarios

  1. Jajaja ¡No puedo sentirme más identificado! Al principio pensé que era por esa locura de intentar meterme en el agua después de toda la vida corriendo con zapatillas, pero cuando la entrenadora no dejaba de hablarme de mi cintura y si falta de movimiento lo tuve claro. Grande, Pre.
    Un abrazo!

  2. Enhorabuena, pedazo de entrada. Estoy por imprimirla. Indentificado en la fase etílica de juventud y ahora en la crisis de los 40, además de “correr” ahora “nadar”, lo próximo será la bicicleta y hacer algún triatlón…

    Por si te sirve de consuelo, porque al final mal de muchos consuelo de cuaretón, te cuento mi experiencia con la natación.

    Pagaba gimnasio,y pago, que tenía piscina pero que nunca usaba, tampoco usaba las máquinas solo usaba la cinta de correr y las duchas. Siempre he tenido en mente hacer un triatlón antes de los cincuenta pero me da miedo”nadar” en mar abierto así que pensé que esto era una señal divina, estaba pagando por una piscina y podía ir cuando quisiera…

    La primera semana fuí e hice lo que pude durante 20 minutos, un largo a “croll” y dos a braza y así dos días. Decidí buscar información en internet y dí con un curso para empezar desde cero donde lo primero era medir tu nivel. Para ello hacías un largo, piscina de 25m, y contabas tus brazadas, según el número de brazadas necesarias estabas en un nivel u otro. No recuerdo los niveles salvo el último, si hacias de 26 a 30 brazadas estabas en nivel 0, no tenías ni idea de nadar. Pues bien, hice la prueba y necesité 34 brazadas para hacer el largo, es decir, mi nivel ni siquiera estaba contemplado. He optado por nadar sin piernas, me hago el “muerto” boca abajo y empiezo a nadar sin mover jamás las piernas, la vida de cuarentón que nunca destacó físicamente ni en jugando a las chapas, es dura.

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