Sobre la confianza y forma física.

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Por fin he encontrado un paralelismo con mi penosa vida de corredor. Como en otras ocasiones, al pasar los primeros treinta minutos, donde mi cuerpo sólo hace que enviarme señales inequívocas de que odia que yo corra, me llego una “anunciación mariana”. Ví con espantosa claridad como mi estado de forma se burla de mi como si de una relación de confianza se tratase. Confianza en el otro,  no particularmente en confianza en mi mismo y nada que ver con la frase de “creer es poder”, una arma arrojadiza “coheliana” que puede dar a entender que todo es posible, cuando la realidad te da constantes patadas en la entrepierna para recordarte justo lo contrario. Si nos ponemos a sentar cátedra mediante frases de azucarillo, prefiero rebajar tanta rotundidad con un poco de negatividad y dos condicionales: “Si no crees, seguramente no podrás” puede que tenga algo más de utilidad real y menos positivismo de manual.

Volviendo al tema de la confianza, si obviamos que hay personas que simplemente con ver su cara ya les confiaríamos hasta la clave de paypal (así nos va muchas veces), el resto de relaciones de confianza se fraguan con el tiempo, a pequeños pasos y con algún que otro trompicón. Una sucesión de hechos que poco a poco hacen que confié más en unos amigos que en otros, desconfié de un todos los bancos y pueda comer en ciertos bares sin pensar o a pesar del interior de su cocina.

Con cada contacto se va generando un grado de confianza (o desconfianza) con una marca, empresa o persona determinada, hasta que un día, Apple decide sacar un modelo que no cumple con lo que esperábamos o nuestro carnicero nos da un filete del buey que pastaba en el pesebre. En ese mismo instante nuestra confianza se resquebraja, haciendo que un único hecho puntual ponga en peligro la relación de varios años con mi carnicero, marca o amigo. En este punto es donde encontré la relación entre correr, mi forma física y la confianza, una lesión inoportuna, si es que hay alguna oportuna, puede tirar por la borda meses de trabajo y esfuerzo, da igual como hayan sido de buenos los últimos entrenamientos, tocará volver a esforzarse, incluso más que antes, para llegar al nivel de antes. Algo similar a lo que va a tener que hacer mi carnicero si quiere que vuelva a entrar por la puerta de su carnicería.

Los últimos cuatro o cinco años siempre ha habido algún mes en los que una molestia, torcedura o el simple hecho de parar en vacaciones ha hecho que mi forma física y el trabajo realizado durante los meses previos se haya ido a la basura. Dos semanas de parón o sobre-esfuerzo han sido suficiente para anular el trabajo realizado durante meses. Es como si mi cuerpo fuera un cliente enfurecido, de los que si su reloj-gps se rompe a los 6 años lo considera una ofensa hacia él, sus antepasados y los antepasados de éstos.

Por suerte mi cuerpo tiene algo de memoria, poca a mi juicio, y mi estado de forma no vuelve a la la casilla de partida cada vez que hay un contratiempo, pero tener cada poco tiempo la sensación de no poder correr a los mismos ritmos o igual de lejos que el mes anterior es desesperante. Aunque lo más frustrante es que suceda de forma periódica, como si mi carnicero me escondiera un filete “empedrado” cada vez que he conseguido olvidar la última vez que me la jugó.

Sigo corriendo (y comprando filetes) pero la relación que tengo con dar un paso tras otro se va deteriorando con cada vuelta a empezar. Como consuelo me queda saber que mientras corro, independientemente del ritmo, aún brotan pensamientos como que el estado de forma es igual de frágil que las relaciones de confianza, ambos necesitan mucho tiempo y esfuerzo para forjarse y muy poco para que se rompan y, por suerte,  aunque cuesta menos perder que mantener, recuperar lo perdido es lo que más cuesta.

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